LA CAMPAÑA ELECTORAL VENEZOLANA
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En Venezuela, el arma del voto,
en manos de un pueblo que sabe como usarla,
se ha vuelto subversiva.
La contienda electoral venezolana en verdad es atípica.
Cada sector que en ella participa, quienes fungen de observadores
dentro o fuera del país, no sólo esperan ansiosos
los resultados, sino que de ellos se deriven grandes cambios,
en un sentido u otro.
Lo habitual, para la mayoría de la gente, en diferentes
oportunidades es mostrar poco interés por las campañas
electorales. Se piensa y dice que, sea cual sea el resultado,
las cosas seguirán siendo iguales. ¿Qué
trascendente hay, para el pensamiento colectivo, que en
una elección de un país cualquiera ganen los
demócratas o los republicanos, liberales o conservadores,
socialdemócratas o socialcristianos? Generalmente
ninguna. Habrá nuevos gobernantes, otras figuras,
pero las cosas esenciales se mantendrán iguales.
Por eso la campaña y el votar se vuelven hechos tan
irrelevantes, que poca gente se centra significativamente
en ellos.
La última elección de los Estados Unidos atrajo
un inusitado interés por Obama. Pese su favoritismo,
muchos se negaban a creer que un negro pudiese llegar al
salón oval de la Casa Blanca. Tenía algo del
infantil encanto de la Cenicienta, aunque esa misma mayoría
bien sabía que nada habría de cambiar, salvo
el color de la piel. Pero por aquello, en el mundo entero,
mucha gente estuvo pendiente de la campaña y los
resultados. Hasta a la toma de posesión misma llegamos
bajo aquella mágica atracción. En este caso,
el conocido racismo de la clase blanca gobernante y su capacidad
para tolerar y manejar los nuevos tiempos, se convirtieron
en desafíos y atractivo por el hecho electoral. Lo
que revela de paso, una vez más, que la diferencia
en el color de la piel no es rasgo sustantivo en la lucha
de clases.
De la contienda electoral venezolana, de un bando u otro,
dentro y fuera del país, se esperan muchas cosas.
Y conste que no vamos a elegir presidente, pues para eso
falta algo de tiempo, sino a renovar la representación
en la Asamblea Nacional, el órgano legislativo por
excelencia.
Este sólo interés, que pasa por una intensa
injerencia y cuantiosa inversión extranjera en campaña
a favor de los contrarios a Chávez, habla de los
asuntos que están en juego. No es el simple cambio
de unos parlamentarios por otros, de la supremacía
de una bancada por otra lo que se va a decidir en Venezuela,
sino entre el profundizar una política que continúe
abatiendo la inescrupulosa y obscena desigualdad social
que incubó el capitalismo, mantenga la defensa de
los intereses nacionales, haga de nuestra sociedad rentista
una productiva, se avance en abrir a todos los venezolanos
verdadera igualdad de oportunidades y donde el pueblo asuma
control de su destino haciéndose participativo y
protagónico o el volver al pasado de las políticas
impuestas por el Fondo Monetario Internacional, sojuzgamiento
a capataces de las trasnacionales, políticas neoliberales,
vender a bajo precio todo lo nuestro al capital usurario
nacional e internacional y a las políticas neoliberales
que imponen recortar al máximo o la totalidad de
la inversión social, lo que implicaría eliminar
todo beneficio que en estos últimos diez años
se han otorgado a los venezolanos más humildes. En
resumidas cuentas, se decidirá entre hacer avanzar
el proyecto socialista del Siglo XXI y la unidad latinoamericana
o el tirar el ancla en el capitalismo, favorecer el retorno
de los politiqueros del pasado y repotenciar a explotadores,
capital financiera delincuente, casta dirigente improductiva
y comerciantes inescrupulosos. Entre la posibilidad que
un pueblo sea libre, ejerza sus derechos, controle su gobierno
y sus riquezas o que una casta de políticos de vieja
estirpe le someta.
No se trata del simple asunto de unos demócratas
del pasado que no se avienen con Chávez; hay mucho
más, un pueblo que quiere asumir a plenitud su rol.
Por eso, justamente por eso, es inusual el interés
puesto por la comunidad nacional e internacional en unas
elecciones legislativas de un país tercermundista,
que en otras circunstancias y países, no llamarían
la atención.
La trascendencia del acto comicial es tal, que no se conoce
un sistema, pese su carácter altamente automatizado,
más auditado, probado y vigilado hasta hacerle invulnerable.
El número de observadores de origen venezolano y
de procedencia extranjera no tiene precedentes. Se trata
en definitiva de asegurar la legalidad del proceso para
darle sustento, más que a los resultados inmediatos
mismos, a la acción política que de ellos
habrá de derivarse.
El debate es intenso y alcanza un número inimaginable
de personas. La aplastante mayoría de los medios
de comunicación privados participan en la campaña
en contra del gobierno. Es raro el programa de estos medios
en el ámbito radial o televisivo, aun siendo del
área deportiva, que no halle la forma de insertarse
en aquella para favorecer al bando opositor. Desde el exterior,
todas las formas posibles de comunicación, bombardean
intensamente a los venezolanos a favor del pasado.
Por su parte, el gobierno hace uso hasta donde se lo permite
la legalidad, de los medios públicos y alternativos
para hacer que su mensaje llegue a las comunidades. Pero
más que eso, el PSUV, partido que lidera Chávez,
una organización de masas gigantesca, se ha desplegado
por el país todo, pueblo por pueblo, comunidad por
comunidad y calle por calle, para recordar a la gente la
obligación de votar y cómo hacerlo para que
el proyecto de cambio continúe.
Esto último vale la pena resaltarlo. La oposición
hace su campaña acusando al gobierno de coartar libertades
y pretender conducir a Venezuela a una situación
donde aquéllas no existan. El gobierno llama a los
venezolanos a votar para intensificar la democracia e impedir
que el mamotreto viejo, aquella democracia participativa,
con un pueblo sin derechos, escamoteados por los viejos
partidos ahora agrupados en un frente opositor llamado MUD,
retorne o impida que las cosas sigan como van.
En estas elecciones venezolanas se juega incluso el futuro
de la energía que poseemos, codiciada por los grandes
capitales para apuntalar su sistema a costa de la miseria
nuestra y de nuestros pueblos hermanos. Porque el proyecto
nacional venezolano, inspirado en Simón Bolívar,
tiene como norte la unidad con nuestros pueblos hermanos,
que incluye la ayuda mutua con los recursos que poseamos.
Esta confrontación, de una manera u otra, afecta
a toda nuestra América.
Hay un hecho irrefutable, la democracia venezolana, su gobierno,
sin duda alguna, coloca su destino en las manos del pueblo.
Le reconoce el derecho a pronunciarse sobre su destino;
es más le insta a que lo haga. Que vote para que
avance hacia los estadios que el progreso y la justicia
reclaman o volver al pasado. Todo ello en un espíritu
de paz.
Los opositores van a la contienda porque por ahora no les
queda otro camino, pero en el sombrero de copa o en la manga
de la camisa, esconden una carta. Mientras tanto su campaña
se empeña en convencer a su gente que está
montado un fraude, premisa que utilizarían para desconocer
los resultados y provocar un enfrentamiento que favorezcan
los planes de quienes no cuentan con aval popular.
Hoy en Venezuela, el arma del voto, en manos de un pueblo
que sabe como usarla, se ha vuelto subversiva pero pacífica.
La derecha, que se llamó demócrata, se inclina
por los senderos del golpismo y la violencia.
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