La
complejidad política colombiana
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20 de Agosto del 2010
La mayoría de los analistas concuerda que Colombia
es el único país de Latinoamérica que
aún vive un proceso político de gran inestabilidad.
Con el pasar de los años la región se fue
apartando de gobiernos dictatoriales o altamente represivos.
Sus estructuras se adaptaron a las nuevas formas que, en
décadas anteriores, habían definido la organización
política de los estados más desarrollados.
De igual manera que aquellos procesos respondieron a la
necesidad de garantizar los enormes poderes económicos
individuales, nacidos por el influjo de la producción
masiva, la supervivencia de los sectores latinoamericanos
acomodados, se sintieron obligados a buscar resquicios que
permitiera la continuidad de su crecimiento y desarrollo.
Como consecuencia recurrieron a la paz relativa y las negociaciones
parciales con los sectores afectados y marginales.
A partir de entonces se originó un proceso de relativa
democracia.
Colombia no participó de este proceso. Largos años
de lucha insurrecta, la existencia de verdaderos ejércitos
oficiosos, en montañas y distantes regiones de los
centros oficiales de poder, impedían ponerle fin
a una lucha de exterminio. El afán de derrotar al
contrario por la fuerza, motivó la creación
de fuertes grupos paramilitares. Aparejada con esta situación,
surgió un aumento vertiginoso de la demanda de estupefacientes
en Estados Unidos, los cuales no sólo eran de fácil
producción en Colombia, sino que contaban en ese
país con personas aisladas, marginadas y armadas,
que podían servirles como guardianes de la producción.
Colombia se vio inmersa en una espiral de inestabilidad.
Hasta hoy parece el cuento de nunca acabar. A pesar de la
aparente normalidad en algunos aspectos de la vida, el país
puede ser definido perfectamente como un Estado Fallido.
Durante todos estos años ha “carecido de la capacidad
para proteger a sus ciudadanos de la violencia y quizás
incluso de la destrucción”.
El ex Presidente Álvaron Uribe logró contener
la violencia guerrillera aplicando una represión
devastadora, que rayaba a veces con las hordas esteparias.
Recurrió para ello a procedimientos condenados por
todos los países, aun cuando algunos, como Estados
Unidos, todavía los practique a través de
oscuros laberintos. Sin embargo la contención no
ha significado el fin de la violencia y mucho menos la eliminación
del conflicto. Las fuerzas sociales colombianas no han podido
hallar vías, para dirimir sus diferencias sin recurrir
a la confrontación. Mientras que no descubran mecanismo
para alcanzar una paz militar, persistirán las prácticas
terroristas y los usufructuarios del narcotráfico
continuarán disfrutando sus cosechas agrícolas
y financieras.
Juan Manuel Santos fue electo Presidente de Colombia blandiendo
como pabellón de fondo la relativa contención
que Uribe logró respecto a la guerrilla, y ciertos
compromisos alcanzados con los paramilitares, los mismos
que en otros tiempos lo ayudaron a desbrozar el camino a
la Presidencia.
Pero a pesar del desgaste sufrido por los autores de prácticas
violentas y el poco porcentaje que hoy apoya semejante conducta,
la tirantez sigue viva y sus ejecutores permanecen organizados
y fuertemente armados. Se suma a esto la existencia de una
mayoría de ciudadanos, clamando por mejores condiciones
sociales, atención pública, trabajo, salarios
y sobre todo, una señal que les haga confiar en las
dirigencias y los gobernantes.
Santos quizás no parezca el mismo como Presidente
y como candidato, pero si atendemos a su discurso inaugural,
veremos que su voluntad de negociación ha estado
presente todo el tiempo.
Entre los asuntos más urgentes a resolver por el
nuevo Presidente, el que quizás revista la mayor
importancia, es el de sus relaciones con la región.
No se puede vivir aislado y mucho menos dependiente de Washington.
Esta herencia, lejos de ser un activo es una gran deuda
que Santos debe cancelar. De aquí que visitó
la región, aun cuando se mantuvo algo parco con Brasil
y extendió su mano para que la comunidad internacional
no lo confundiera con su predecesor. Inclusive, en el último
estertor de Uribe, por dejar como legado su divorcio con
Venezuela, Santos se mantuvo callado sobre las acusaciones
de supuestos guerrilleros en el territorio venezolano.
Rara vez un Presidente que no se ha declarado nacionalista,
de izquierda o luchador social de otra naturaleza, sale
electo y no aprovecha la oportunidad de un viaje a Estados
Unidos para visitar Washington. Santos no quiso caer en
esa trampa y de aquí que visitó a sus correligionarios
que viven en Miami, pero no pasó de allí ni
se comprometió con declaraciones que lo hiciesen
parecer un súbdito del Norte.
Justamente en estos días el Congreso rehusó
aprobar la creación de bases militares en Colombia.
Seguramente Santos se ha alegrado de la decisión.
Ya en su discurso había dicho que la relación
con Estados Unidos sería de buenos vecinos, pero
no de tutelaje.
Las únicas razones para Estados Unidos tener bases
en territorios ajenos a los suyos, es con la finalidad de
controlarlos. Cuando Uribe decide aceptar la base como una
extensión del convenio de 1974, los mandatarios de
Brasil, Nicaragua, Chile, Argentina, Ecuador y Bolivia,
elevaron sus protestas y se opusieron. La Presidente de
Chile, Bachelet, dijo “estamos inquietos”, “vamos a ver
como esas decisiones afectan al resto de los países”.
Los únicos sectores a los cuales no les conviene
una paz negociada en Colombia y el comienzo de un proceso
democrático integral, son los narcos, los paramilitares
y los nostálgicos de las izquierdas que se quedaron
sembradas en la Teoría del Foco Guerrillero y los
planes quinquenales soviéticos.
En contra de Santos conspirarán estas fuerzas. Su
reducido número, y la ausencia de apoyo popular e
internacional, los condena de entrada al fracaso. El único
factor peligroso es el poder de manipulación que
pueda tener alguno de ellos o la conducta del sector castrense,
quienes partícipes también de una nostalgia
proveniente de las épocas en que fueron amos y señores,
oculten el rumbo de las investigaciones, desvirtuando el
verdadero origen de los atentados que se están sucediendo.
En la búsqueda de restaurar la paz necesaria en Colombia,
están mezclados varios factores: la buena voluntad
del gobierno cubano, quien ha mostrado profundas muestras
de cooperación con la solución del conflicto;
la franca actitud mostrada hasta hoy, por el gobierno venezolano;
la determinación del Congreso colombiano de rechazar
cuanto pueda parecer una ingerencia externa; y la decisión
que todos esperamos del nuevo Presidente, Juan Manuel Santos,
de continuar siendo fiel a sus criterios de paz y prosperidad.
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