Sindicalismo
Social-Revolucionario
Cuba y el sindicato en el proyecto social-revolucionario
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Para Apic 9-1-10
Los social-revolucionarios comprendemos que el sindicato
es el tenso enlace de conjunción dialéctica
entre el desarrollo económico y el desarrollo social.
A través de esta institución el mundo del
trabajo, directamente vinculado a la producción y
constituido por la base social más amplia, ejerce
la función configuradora y centralizante del dinamismo
socio-económico, y es capaz de conducir hacia una
nueva civilización del trabajo. Esta sería
la única base posible de una nueva cultura, desalienada
y fundada en una jerarquía del servicio y el merito.
El sindicato, como expresión organizada y autónoma
del mundo del trabajo, ubicado dentro de la estructura del
estado, constituiría el fundamento más sólido
del carácter democrático que éste último
debe tener. Significaría la presencia inmediata y
en ejercicio de la base, en el ámbito de deliberación
y la decisión de la sociedad. Se evitaría
así el desvirtuamiento de la democracia, cuando deviene
una pura formalidad jurídica que, por su distanciamiento
de la base, deja abierto el paso a las mediaciones, privilegios
y presiones desde el medio económico.
Esto abre grietas en el orden institucional y pone impedimentos
a la movilidad social y a la interpelación orgánica
entre los estamentos. En consecuencia, se genera, por una
parte, el indiferentismo político, y por otra, el
extrañamiento social del ciudadano, el cual, verdaderamente,
ha dejado de ser tal, pues ha pasado de sujeto responsable
y participante, a objeto que padece el poder, el cual, en
consecuencia, se le presenta ahora como una entidad divinizada
e irremovible.
Las prácticas disgregantes de algunas formas del
capital internacional a veces se conjugan con los privilegios
internamente desarrollados, o con la acción de ciertos
sectores menos concientizados de los trabajadores, pretenden
considerar el movimiento obrero como una asociación
para reclamar beneficios económicos y separarlo de
todo protagonismo sociopolítico en cuanto el reordenamiento
de la praxis civilizadora.
Los social-revolucionarios comprendemos que hay una relación
directa entre la estabilidad social y la participación
de las organizaciones sindicales en la dirección
y realización de toda política socio-económica.
El crecimiento económico se conjuga con la garantía
del ejercicio de los derechos sociales, entre los cuales
se incluye, por supuesto, la satisfacción de las
necesidades vitales del trabajador y su familia, la educación,
la salud, etc. Estos, a su vez, no pueden ser conculcados
por estructuras, ya capitalistas ya paternalistas, que limiten
la libertad y la espontaneidad de la acción comunitaria.
El sindicato ha evolucionado dramáticamente. En Cuba
especialmente, tuvo transformaciones muy peculiares, que
se han fijado como una proposición histórica.
Este claro y definido desarrollo histórico del movimiento
obrero proyectaba un programa de genuino sindicalismo social-revolucionario.
Cuando el triunfo insurreccional del 1ro. de enero de 1959,
el movimiento estaba institucionalmente apto para asumir
el rol que le correspondía en un clima de soberanía
popular.
Pero a la profunda sacudida social que se produjo al desplomarse
la vieja sociedad y darse a la fuga los sostenedores de
la corrupta dictadura de Batista, donde la dirigencia obrera
estaba públicamente desprestigiada, sucedió
una profunda convulsión en el movimiento obrero organizado.
Inmediatamente después del X Congreso de la C.T.C.
de 1959, se inició la declinación.
El sindicato dejo de ser en Cuba el modo de expresión
organizada de los trabajadores, porque la libertad laboral
dejó de existir. El derecho de huelga, que había
sido plasmado en el Decreto-Ley nº 3 de 1934 y luego
consagrado en la constitución de 1940; el de libre
sindicalización, y reconocimiento jurídico
de la Confederación de Trabajadores, las Federaciones
de Industria y los sindicatos como organismos sociales autónomos
representativo de la comunidad del trabajo. Al imponerse
la subordinación de sindicatos y organizaciones representativas
al gobierno y al partido gobernante, fueron conquistas abolidas.
En el XIII Congreso de la C.T.C. de noviembre de 1973, primero,
y luego en la Constitución de la República
de 1976, decretada por el gobierno, la subordinación
se impuso.
Lazaro Peña y otros sindicalistas, durante el proceso
organizativo, hicieron intentos, aunque pusilánime
de mantener en lo posible los logros conquistados en el
pasado. Posteriormente, de forma aún más débil,
también lo ensayó Carlos Veiga. Después
de ellos, quedó pues establecido que "los sindicatos
son cuerpos autónomos, pero dirigidos y guiados políticamente
por el partido, y que deben seguir su política",
lo cual es absolutamente contradictorio a la tradición
del movimiento obrero cubano.
A pesar de las frustraciones que produjo el XIII Congreso,
y de la posterior imposición constitucional que convertía
la C.T.C. en un aparato burocrático coactivo subordinado
por la ley fundamental al Partido Comunista de Cuba –lo
cual invalidaba su representatividad y su tradición
histórica de más de un siglo-. Hoy en las
asambleas de los trabajadores se respira una mayor agilidad
y creatividad y hay un grado menor de supeditación
que en cualquier otra actividad asamblearia del actual régimen.
Ahora bien, esto mismo nos ofrece indicios adecuados –conjuntamente
con la proyección histórica del movimiento
obrero, y la necesidad de crear una fuerte estructura social-
para avizorar la realización de esa soberanía
popular activa por la cual trabajamos los social-revolucionarios.
Estos antecedentes, y la realidad presente, nos hacen llegar
a la conclusión de que la institución del
sindicato y de sus organismos representativos como entidades
apartidistas y autónomas, han de ser fundamento imprescindible
y el nervio protagónico de la estructura social que
pretendemos construir, una vez que sea superada la actual
situación por un estado social de derecho, cuya legitimidad
sea confirmada por una verdadera Asamblea Nacional Constituyente
representativa de toda la población.
Sólo a partir del pleno ejercicio de la libertad
sindical por parte de los trabajadores podemos plantearnos
la estructura del movimiento obrero organizado. Asimismo,
contemplamos la función social del sindicato y de
sus órganos representativos, a partir de una estructura
democrática en la base, que ha de delegar sus funciones
en los organismos regionales, sectoriales y nacionales sólo
cuando por la naturaleza de las mismas no las pueda realizar
directamente.
En el actual régimen se ha establecido una estructura
vertical en las "organizaciones de masas", denominación
ésta usada en las leyes vigentes bajo la cual se
incluye la organización de los trabajadores junto
con las de las mujeres, los pioneros, etc., cuya misión
es simplemente apoyar acríticamente la teorización
y práctica inmediata del gobierno.
Así, pues, la comunidad del trabajo debe ser rigurosamente
apartidista para poder cumplir su función de representar
universalmente a todos los trabajadores. Hoy se encuentra
subordinada al partido gobernante, inserta pues como peón
perfectamente servil a las decisiones superiores sin acceso
a determinar o discutir las determinaciones del partido-gobierno.
El sindicalismo social-revolucionario rechaza, con máxima
energía, la estructura vertical impuesta al país
en las actuales leyes vigentes. Entendiéndose tanto
el régimen de partido único como la intervención
partidista en las organizaciones de los trabajadores.
Los sindicatos, o sus organizaciones representativas no
han de participar en actividades partidistas, no obstante,
al igual que todo organismo de la base social, en consecuencia
de su interés público, y atendiendo al número
de sus representados, podrán ejercer la iniciativa
legislativa y nominar candidatos a los cargos electivos.
Esto no es un derecho exclusivo de los partidos políticos,
ni tampoco un deber público de los organismos en
la base social, sino una potestad que debe ser instrumentada.
No es posible un proceso democratizador sin que los organismos
de la base social mantengan el diálogo y la interacción
permanente, como órganos dedicados al quehacer colectivo,
con las autoridades que ejercen el gobierno. El reconocimiento
de la importancia fundamental de las organizaciones de la
base social y de su necesaria acción protagónica,
nos permitirá comprender la permanente renovación
que se requiere para la realización de una sociedad
cada vez más democrática.
Para que el movimiento sindical cubano sea capaz de realizar
la función que le corresponde en el proceso democratizador,
el Partido Social- Revolucionario Democrático ha
mantenido siempre que es necesario que los obreros permanezcan
dentro de las organizaciones sindicales y en ellas han de
desplegar la mayor actividad que les permitan las actuales
circunstancias. Proclamarse el derecho irrenunciable de
concertar convenios colectivos de trabajo en cada empresa,
sin intromisión partidista, para hacer que la legislación
sindical vigente –no obstante su ineficacia e insuficiencia-
se cumpla en el centro de trabajo.
El propósito es que este activismo permita a las
organizaciones de los trabajadores, estar en condiciones
de participar en el camino al socialismo haciendose camino
al andar, impulsando un proceso de democratización
y ejerciendo de inmediato las funciones que le corresponde
en el camino al socialismo y el tránsito a un estado
social de derecho.
Los social-revolucionarios, siempre abiertos al dialogo,
hemos reiterado en muy diversos documentos, actividades
de prensa y conversaciones personales la necesidad que todo
cubano que patria soberana quiere, gobierno y no-gobierno,
residente en Cuba o en el extranjero, participe en amplia
discusión al logro de una genuina democracia activa
y participativa capaz sustentar una sociedad en los valores
del socialismo.
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